11.13
Estuve ausente estos días porque me encontraba enfrascado en un nuevo relato que a continuación os iré poniendo. Como es un poco largo y no quiero aburrir, lo subiré en tres partes entre estos días. Agradezco a Mayfair que me ayudó con toda la puesta en escena, reconozco que hasta ahora no sabía nada sobre cómo funcionaba un psicoanálisis.
El manzano
- Le quiero advertir que no creo en esto. -Su voz, grave de por sí, sonaba contundente. Tenía la mirada fija en el techo mientras hablaba y no parecía dirigirse a nadie en especial.- De hecho, soy de los que no entienden por qué se le considera una ciencia. Pero no encuentro ninguna solución, ¿sabe?, y ya no sé qué hacer. A tiempos desesperados, medidas desesperadas, como dicen. Pero yo no creo en esto.
La única oyente que tenía en la sala se limitó a sonreír amablemente, sin hacer ningún comentario al respecto. Debía rondar los cincuenta años, era esbelta y con un corto cabello rubio cayéndole detrás de los hombros. Lucía gafas negras de patas gruesas, un jérsei verde discreto y unos pantalones vaqueros. Se encontraba cruzada de piernas, sentada en una rústica silla de madera. Todo eso lo sabía porque la había visto antes de recostarse en el diván. En cuanto lo hizo, ella desapareció de su campo de visión, colocándose a la altura de su cabeza. El ambiente estaba inundado por un olor reconfortante que él no sabía reconocer con exactitud.
- Me estoy volviendo loco. -Sintetizó al rato. Ella alzó las cejas, ligeramente sorprendida, pero siguió sin aportar nada al monólogo.- No me cree. Esta así de callada por eso, no cree que realmente me esté quedando majara. Piensa que exagero, ¿verdad? -Lanzó un suspiro apesumbrado e impotente, cruzó sus dedos a la altura de su estómago y cerró por un momento los ojos.- Yo también opinaba así al principio. Me decía, “no exageres, sólo es una época rara”. Y una mierda.
Naturaleza. Definitivamente, le evocaba naturaleza. Bosques, prados, algo así, pero no era capaz de especificar más sobre el olor que le invadía. Eso le producía sentimientos encontrados: por un lado, la sensación que provocaba le agradaba, pero, por otro, detestaba no entender algo. Lo desesperaba. Se removió inquieto en el diván y pasó su pierna izquierda por encima de la derecha. Miró a su escaso público por encima de las gafas, parecía distraída, casi pensando en otras cosas. Cada vez estaba más convencido de que perdía el tiempo. Pero no se iría. No después de haber pagado la sesión.
- Soy informático. Bueno, no, en realidad me licencié en matemáticas. Pero trabajo de informático, como la mitad de los que hicieron mi carrera. Estoy contratado por una empresa de desarrollo software y, modestia aparte, soy muy bueno en lo que hago. -Explicó concentrando su vista en el blanco techo, a juego con las paredes de la sala.- El otro día nos llegó un nuevo proyecto: tenemos que crear una aplicación de tratamiento de vídeos e imágenes 3D para una compañía de animación. Lo debemos hacer para la plataforma Apple. No es nada fuera de lo común ni especialmente complejo. Pero desde que nos lo asignaron, estoy bloqueado. Soy incapaz de hacer nada. Y no entiendo por qué. -Definitivamente, odiaba no entender las cosas.
Giró la cabeza a su derecha. En primer plano, había un escritorio, de madera lustrosa, con un ordenador portátil en una esquina, un conjunto de papeles aparentemente sin orden alguno en el medio y un lapicero negro con sólo un bolígrafo en la otra punta. Si alzaba los ojos, podía ver el comienzo de una extensa biblioteca apoyada sobre la pared que tenía frente a su cabeza. Intentó, en vano, conseguir adivinar el título de alguno. Si los alzaba aún más, conseguía distinguir la punta de los zapatos de la analista, ligeramente elevado del suelo, como si estuviese cruzada de piernas. Tampoco es que le importase, seguramente eran libros abstractos sobre psicología. Nada serio, realmente, pero su curiosidad siempre había sido grande.
- Lo interesante de todo esto, es que durante el resto del día sigo igual que siempre. Pero es llegar al trabajo, sentarme frente al proyecto y ¡zas! Me quedo bloqueado. Soy incapaz de escribir una sola línea. Mis compañeros ya no saben qué hacer.
En esta ocasión volvió la cabeza a su izquierda. Se encontró con un ventanal cerrado cubriendo casi toda la pared. A través de él, se podía ver la concurrida avenida que había cinco pisos más abajo. Los coches pasaban a una velocidad tan alta que apenas eran saetas de colores difusos ante sus ojos. A esa hora de la tarde, las seis aproximadamente, las calles estaban abarrotadas de gente yendo de un lado para otro y entrando y salido de las tiendas que decoraban el camino. Tanta actividad frenética lo abrumaba, dirigió su mirada de nuevo a la analista, sin saber exactamente dónde posarla. Menuda pérdida de dinero más tonta había hecho, desde luego.
- Sí, sólo entonces me pasa. -Parecía más bien estar retomando una conversación consigo mismo.- Todo el tiempo restante soy el mismo chicharachero de siempre. -Se removió inquieto en el sofá, no parecía especialmente cómodo. Levanto la espalda y pasó por debajo de ella su mano derecha, queriendo alisar los molestos pliegues del diván. -Sé que posiblemente me pida que asocie este fenómeno con algún cambio reciente que lo explique. -Dijo con cierto tono burlón después de un suspiro resignado, al ver cómo seguía su interlocutora sin emitir ninguna palabra.- Es lo que hacéis vosotros. Pero no hay ni hubo ningún cambio, mi vida es sencilla. Soy un hombre sencillo. -Exclamó con énfasis y volvió a mirar el techo.
- ¿Qué le hace pensar eso de mí?, ¿no habrá realmente, quizá, algo con que asociarlo? -Era las primeras palabras que pronunciaba en toda la sesión. Lo hizo con una voz un tanto débil, pero no por ello menos segura. No cambió nada en su posición mientras lo hacía.
- Claro que no, se lo acabo de decir. Yo no miento. -Le contestó contundente, mientras volvía a recostarse.
Ella alzó las cejas y un nuevo silencio se hizo entre los dos. Mientras la analista permanecía inmutable, él continuaba moviéndose a un lado y otro intentando encontrar la posición idónea. De vez en cuando tiraba los ojos hacia atrás intentando verla.
- Venga, vale, en algo sí mentí. -Dijo finalmente al tiempo que por fin se quedaba quieto. Estaba exactamente igual que al principio.- No sólo me pasa entonces. -Reconoció levantando la palma de las manos a la altura de su rostro.- A veces me sucede cuando voy de compras, por ejemplo. O cuando me despierto luego de tener algún sueño extraño. Pero son nimiedades, esas cosas no me importan. Me importa no ser capaz de hacer mi trabajo como antes. -Se puso a mover los labios en círculos mientras tamborilleaba los dedos sobre su estómago.
- ¿Y recuerda alguno de esos sueños?
- No. -Respondió casi indiferente al ritmo que marcaban sus manos.
- Si recuerda que soñado, debe recordar algo de su sueño. ¿Por qué no me habla de ello?
- ¿No le dije que no me los acuerdo? -Se sintió tan irritado ante la insistencia, que olvidó seguir golpeteando sus manos.- Sólo me viene a la memoria la figura de un árbol.
- ¿Cómo era el árbol?
- Grande. Monstruosamente grande y aterrador. Aunque sin dejar de ser algo majestuoso. Además de muy frondoso. -Resumió en unas pocas palabras que le salieron casi contra voluntad.- ¿Vio qué pareado?, últimamente las rimas me salen solas.
- ¿Y daba algún tipo de fruto?
- Pues fíjese que sí. Verde. Yo diría que peras. Manzanas quizá.
Nuevamente volvieron a estar en silencio. Ella lo miraba con atención, mientras él parecía estar distraído tarareando una canción, como ajeno al desarrollo de la sesión a la que hasta hace un momento parecía decidido a dar vida. En esta ocasión fue la analista quien retomó la conversación.
- Retomemos, pues, lo que tenemos hasta ahora que lo bloquea: Un sueño con un manzano, el mercado donde realiza sus compras y el proyecto que lo bloquean. ¿Qué punto común le encuentra a estas tres cosas?
Él se quedó en silencio durante un rato. Parecía algo nervioso, se removía de vez en cuando y no encontraba un sitio donde dejar las manos y que éstas no le molestasen.
- ¿Las manzanas, quizá? El logotipo de Apple, la fruta… -Insinuó finalmente.- Si lo sabe, ¿para qué me hace decirlo? -Su voz denotaba un deje de irritación. Luego de unos segundos sin decir más, comentó:- Siempre les tuve aversión, la verdad.
Ella sonrió y calló de nuevo. Hizo un elegante cruce de piernas, alzando un poco las manos sin despegarlas entre sí. Estiró su espalda antes de seguir hablando.
- Al principio de la sesión noté que olía con interés el aroma de la sala. -Dijo cambiando radicalmente el tema.- Uso un ambientador muy caro, ¿sabe? Dígame, ¿le gusta?
- Sí. -Respondió casi al instante.- Sí, supongo que sí.
- Pues es olor manzana. -Comentó inclinando ligeramente la cabeza hacia la izquierda y levantando los ojos para mirarlo por encima de las gafas.
- Fíjese que ahora ya no me agrada tanto. -Resopló al cabo de un rato de silencio.
- Ha acabado nuestra sesión por hoy, me parece. -Sonrió ella.
