11.15
El manzano, tercera parte
- ¡Sabía que utilizaría esa falacia para intentar tirar por tierra mi argumentación! -Exclamó exultante nada más oírla.- Permítame aprovechar esta oportunidad para expresarle con detalle mi teoría sobre los el “amor” -su voz al pronunciar la palabra tenía una extraña mezcla entre incomodidad y tono burlón:- No es más que una reacción química de nuestro cerebro ante nuestro despertado instinto de reproducción, con una persona concreta como objetivo. Digamos, de un modo general, una excusa romántica, bonita y clericalmente bien vista para perpetuar la especie. Una forma de expresar nuestros más bajos impulsos de un modo menos animal y más humano.
Ella guardó silencio un rato durante un rato ni bien acabó. Parecía estar terminando de digerir las palabras que acababa de oír y calculando las siguientes que iba a soltar. Al cabo de unos segundos, tragó silenciosamente saliva y le respondió apaciblemente mientras entrecerraba los ojos:
- Bueno, suponiendo que su teoría sea válida… -comenzó.
- Que lo es, créame.- Le interrumpió casi inconcientemente.
- Suponiendo que su teoría sea válida -retomó con más aplomo que la primera vez,- ¿cómo llamaría entonces lo que ella le provoca? No me dirá ahora que simplemente despierta su instinto reproductor.
Él se mantuvo callado otra vez. En esta ocasión, al contrario que las otras, se mantuvo completamente quieto en la posición que se encontraba. Miraba el techo con ojos perdidos y cada tanto volvía a mordisquearse el labio inferior. Sus brazos seguía extendidos a los costados. Tenía las cejas fruncidas y la boca en tensión.
- No. Desde luego no es sólo eso. -Dijo al cabo de un rato.- Pero vamos, nada de esto tiene que ver con lo de mi trabajo. Tampoco hace falta darle mayores vueltas a todo esto.
- No se preocupe, aún tenemos tiempo de sobra, si eso es lo que le preocupa.
- Es usted insistente, eh. No hay forma de hacerla entrar en razón. -Resopló con cierto enojo.- Pues como desee, al fin y al cabo, es usted la experta. -Silenció de nuevo. Cada vez mordía con más fuerza.- Sí, supongo que hay algo más, no sabría exactamente cómo definirlo. De hecho, es curioso, porque igual que no puedo programar como antes, últimamente hago con más facilidad otras cosas.
- ¿Por ejemplo? -Le preguntó luego de que estuviese callado durante un rato largo.
- Oh, bueno, es una tontería. No creo que tenga importancia. -Su rostro comenzó a teñirse de un ligero rubor.
- Me asombra la facilidad y seguridad con que le quita valor a estos datos. ¿A usted no?
- Sus padres de pequeña no le negaban nada, ¿verdad? -Contestó malhumorado.- En fin, tendré que doblegarme, una vez más, a sus deseos: como le comenté la sesión pasada, últimamente me resulta notablemente más fácil construir rimas y poesías. De hecho, en el viaje hasta aquí hice un par.
- ¿Sí?, ¿le molesta que los vea?
- Negarme no servirá de nada, ¿a que no? -Agitó la mano derecha sin dejarla contestar.- Ahora se los muestro, no pienso gastar energías en una batalla perdida de antemano.
Se inclinó hacia la izquierda y tomó la chaqueta gris que había dejada apoyada en el suelo a su lado. A continuación, rebuscó entre los bolsillos hasta sacar una hoja amarillenta donde se podían ver un montón de inscripciones hechas en una letra particularmente fea. Se la extendió a la analista, aprovechando para ver su rostro y encontrarlo tan imperturbable como la última vez. Ella lo tomó y comenzó a leerlo para adentro.
- Vaya. -Se limitó a comentar al cabo de un rato, para dar a entender que había acabado.
- ¿A que son buenos? -Preguntó exultante.- Siempre tuve facilidad para el arte, todo sea dicho. De hecho, mientras esperaba, se me ocurrió otro en honor al inepto de mi jefe. ¡Ja! ”Inteligencia artificial”, lo titularé. Es un buen nombre, bien irónico.
- Sí, desde luego me ha dejado sin palabras. Sin embargo, hay un par de cosas puntales que me gustaría comentarle. Si no le importa, le leo el primero, “Cálculo indiferencial”:
Como si de una función constante se tratase
y ésta desapareciese al derivarse,
tu indiferencia en cero me convierte
y sin duda mi copa su esperanza pierde.
¡Calcula la pendiente de mi recta tangente,
pero no olvides la integración consiguiente!
>> En concreto, el cuarto verso me desconcierta. “Y sin duda mi copa sus sentido pierde”. La verdad, me cuesta comprenderlo. Supongo que el motivo está en que lo lógico hubiese sido en vez de copa usar la palabra corazón, ¿no le parece?
- ¡Para nada! -Sonaba casi ofendido.- Eso me da a entender que usted no ha entendido el chascarrillo que hay oculto en esa frase. Si se fija, al sumar los números que representan en el alfabeto las letras de la copa, es decir dieciséis, diecisiete, tres y uno, da treinta y siete. Además, esa es la quinta palabra que hay en el verso. ¿Cuánto da cinco más treinta y siete?
- ¿Cuarenta y dos?
Ni bien lo mencionó, él comenzó a reírse a carcajadas. Ella lo miraba sorprendida alzando levemente las cejas y sujetando la hoja con los poemas en la mano derecha, que estaba apoyada sobre sus piernas cruzadas.
- ¿No lo entiende? -Preguntó sorprendido al ver cómo era el único en reaccionar al chiste.- ¿Tantas novelas en esa biblioteca y no ha leído ”La guía del autoestopista intergaláctico”? No me lo puedo creer, es una lectura mucho más placentera que todos esos libros de Freud. -Alzó las manos al cielo y maldijo varias veces de un modo teatral.- En fin, como le decía -soltó de repente recobrando la compostura-, en él se construye una máquina llamada ”Pensamiento profundo” cuyo fin sería descubrir el sentido de la vida, el Universo y todo eso. Pues bien, luego de siete millones y medio de años trabajando, llegó a la conclusión de que la respuesta era ¡cuarenta y dos!
- ¿Cuarenta y dos? -Repitió sin poder ocultar que estaba extrañada.
- Claro, esa era la respuesta, el verdadero problema era que nadie sabía la pregunta. -Le contestó con una sonrisa triunfal en el rostro.- Hay gente que le gusta poner en sus poemas juegos de palabras, yo prefiero los juegos de números.
- Comprendo. -Le respondió sin compartir su emoción.- ¿Y qué me dice del segundo, ”Bucle infinito”?
Me encantaría saber quién programó mi cerebro
y en la lógica del bucle principal olvidó considerar
lo que pasaría si en patos me pongo a pensar
¡cómo podría evitar caer una y otra vez en el mismo pensamiento!
>> ¿Patos?, ¿no le parece un poco absurdo dado el tono del poema? Quizá, “en ti” hubiese quedado mejor.
Soltó un bufido exasperado moviendo la cabeza de izquierda a derecha y alzando las manos al cielo.
- No creo que sea tan difícil de entender. Las posiciones de las letras de pato en el alfabeto son diecisiete, uno, veintiuno, dieciséis y veinte, que dan setenta y cinco. El título del poema tiene trece letras, sumado al número anterior, son ochenta y ocho. Si consideramos que son cuatro versos, ochenta y ocho entre cuatro da nada más y nada menos que veintidós. ¿A que es ingenioso?
- Los dos patitos. Desde luego, bastante original. Y esclarecedor, ¿no le parece?, ¿por qué intenta camuflar lo que siente con un humor y una lógica matemática de lo más absurdos? -Soltó de repente.
Él calló. Había dejado de morderse el labio y ahora tenía los dos apretados, en tensión. Su mano derecha se había cerrado en un puño y la izquierda golpeteaba insistentemente el diván. Tenía sus diminutos ojos entrecerrados, mirando con fijación aquel punto en el techo que tanto le llamaba la atención.
- Yo no escondo nada. -Dijo de repente con voz seca.- Sólo que… -titubeó durante un instante- no lo entiendo. Le doy mil vueltas y no lo entiendo. No diga nada -se adelantó en cuanto escuchó cómo ella tomaba aire para hablar,- seguramente comenzará a decirme que estoy enamorado. Pero me gustaría que recuerde mi teoría al respecto, comprendo que aún no lo haya encajado del todo, debe ser difícil.
- Desde luego -le respondió al instante,- es duro que venga alguien y tire por tierra la teoría en que has basado toda tu vida.
- Tengo la ligera intuición de que no estamos hablando de la misma persona. -Comentó torciendo la boca hacia la derecha. Ella sonrió ligeramente.
Nuevamente se hizo el silencio entre ellos. Él comenzó de nuevo a morderse el labio, mientras la analista permanecía impasible. Parecía tener la mente fuera de la consulta, en algún lugar a bastante distancia. De vez en cuando golpeaba los dedos contra el diván o murmuraba alguna frase frustrada.
- Puede que usted tenga algo de razón. -Reconoció al final.- Quizá simplemente deba afrontar eso. Aunque no lo entienda. Quizá no tenga que entenderlo, ¿para qué? -Calló de nuevo y siguió mirando el techo, esta vez con una extraña determinación en la mirada.- ¿Sabe qué? Cuando la vea, cogeré y le explicaré que provoca en mi cerebro algún tipo de reacción química, despertando mi instinto reproductor y generando algunos extraños impulsos nerviosos que aún no puedo explicar. Sí, eso es lo que debo decirle.
- Desde luego, le deseo suerte. -Le contestó la analista mientras pensaba en que lo más probable es que necesitase más bien un milagro.
La oxcitocina…
últimamente me están hablando mucho de ella, me siento como un niño al que le dicen que los reyes magos no existen…
En fin… en cuanto al relato, excepcional y muy, muy ingenioso
Ya hablamos
Damos asco intentando buscarle explicación a todo lo que sucede. Demasiados porqués nos hacemos. Con la elegante sencillez que tienen las cosas sin explicación.
Sabes bien lo mucho que me gusto este escrito sobre tooo por lo bien estructurado y mimetizado del protagonista es como ver tras un cristal, aunque tu manera tan mordaz de ver a los psicológos me encanta , y la relación tan descrita , el estilo , sabes que te admiro pato, eres grande
Un beso