2009
11.14

Primera parte

El manzano, segunda parte.

No lograba entender por qué estaba allí de nuevo. La primera sesión no es que haya sido especialmente reparadora y él no era precisamente una persona que disfrutase tirando el dinero a la basura como estaba haciendo ahora. Pero por algún extraño designio divino había resuelto volver. No lo entendía y eso le frustraba. Así que ahí se encontraba, recostado de nuevo sobre el diván de la sala, con las manos cruzadas por encima de su vientre y la vista fija en el techo. Se sentía confuso, siempre se sentía así cuando cualquier cosa lo frustraba y no comprender algo realmente lo hacía.

- La semana pasada nos quedamos en el problema que tiene usted con las manzanas. -Retomó ella haciendo un innecesario alarde de su memoria. Maldijo para sus adentros, guardaba la vana esperanza de que no se acordase.

- No tengo ningún problema con las manzanas. -Dijo rotundamente.- Son un fruto muy respetable, a su modesta manera: lleno de vitaminas, con una forma elegante y un sabor refinado. Sin contar su asociación al pecado original, algo que le da un cierto morbo extra.

- ¿Sí? Pues me parece recordar que la semana pasada aseguró sentir aversión hacia ellas. -Apenas mutó sus gestos mientra hablaba. Sin duda era toda una profesional.

- No me malinterprete. Con quienes tengo problemas es con los que las consumen.

Esta vez la analista se encontraba en el escritorio. Un rumor suave de hojas daba a entender que estaba ordenando sus alborotados papeles. Se oyó un golpeteo contra la madera y luego cómo un cajón se abría para luego cerrarse. Él seguía con la vista clavada en el techo mientras ella dejaba su posición para sentarse en la silla que había detrás de su cabeza. Como la última vez, se cruzó de piernas elegantemente y se ajustó las gafas con la mirada clavada en su paciente.

- Explíqueme eso, por favor. -Le pidió al cabo de un instante de silencio con tono neutro.

- La verdad, no sabría cómo hacerlo. -Respondió luego de meditar pacientemente durante un rato.- Es una cosa difícil de expresar con palabras.

- Íntentelo. Puede probar con un ejemplo, si le es más fácil.

- Mmmh… de acuerdo. -Removió su espalda y se comenzó a mordisquear el labio inferior, por la piel seca de éste, parecía ser algo común en él.- Creo que tengo un recuerdo idóneo para describirlo. Yo debía tener unos… ¿siete años? No mucho más. Mi hermana, al ser dos menor, cinco. Me había pasado toda la mañana haciendo una torre con las cartas. De esas que se forman usando como base para cada piso grupos de dos cartas inclinadas horizontalmente. Pues había llegado hasta el séptimo. Acababa de poner la última pirámide y me sentía satisfecho. Había realizado un hermoso monumento al orden, tan perfecto, tan matemático. Decidí que algo así no se podía perder sin más y salí corriendo en busca de mi cámara fotográfica. ¿A que no sabes qué me encontré cuando volví? -Preguntó girando su rostro hacia la analista.

- Me lo imagino. -Respondió con un deje de sequedad.

- Todas las cartas en el suelo. Mi esfuerzo de horas en construir aquella maravillosa estructura geométrica se había hecho añicos en medio segundo. Y ella estaba de pie al lado de sus ruinas con una manzana en la mano. -Su rostro reflejaba una rabia e impotencia tan vivas que casi parecía estar viviendo de nuevo la misma situación.- Y lo peor de todo no era eso. No, claro que no. Lo peor de todo, es que al verla ahí, sonriendo tan alegre e inocentemente de su travesura, fui incapaz de hacer otra cosa reírme con ella. No podía regañarle, sencillamente no podía. -Alzó los brazos sólo para luego dejarlos caer con pesadez sobre el sofá y suspirar apesumbrado.

- A veces el orden está sólo para ser derribado. -Apuntó apoyando el codo derecho en el respaldo de la silla y sosteniendo ligeramente su cabeza con la mano.

- Esa frase pseudofilosófica no tiene ningún sentido. -Le contestó rotundamente.

Ella soltó un suspiro apagado y balanceó la cabeza horizontalmente, mientras se arreglaba el dobladillo de su pantalón. Él continuaba mordisqueándose el labio. De vez en cuando echaba la mirada hacia atrás e intentaba, lo más disimuladamente posible, ver qué estaba haciendo la analista.

- Volviendo a tu recuerdo. -Dijo ella luego de notar cómo su paciente estaba a un paso de romperse el cuello de tanto doblarlo.- ¿Debo suponer que ahora hay alguien con el papel de tu hermana que se encarga de derrumbar tu orden interno?

- Hombre, -respondió con cierto resquemor- yo en tu lugar dejaría de suponer tanto, porque quizá algún día esas aventuradas conjeturas te traigan un disgusto.

- ¿Ese ataque gratuito quiere decir que me estás dando la razón? -Le preguntó con tono neutro, pero con una sonrisa divertida en el rostro.

Mordió demasiado fuerte y notó como la sangre salía de su labio. No era la primera vez que le pasaba, desde luego, pero sí bastante molesto. Con cuidado, pasó el dedo índice de su mano derecha por encima, limpiándolo. Luego miró fijamente el color escarlata del que se había teñido y se lo restregó por el pantalón sin más contemplaciones. Suspiró mientras volvía a clavar la vista en el techo y, cuando ya se hizo ineludible la molesta pregunta, decidió responder.

- Bueno, puede que sí. Pero creo que debo recordarte el problema: me bloqueo al intentar hacer mi trabajo. Y no sé qué tiene que ver ella con todo eso, la verdad, porque la conozco desde bastante antes de su comienzo.

- Ni yo. -Respondió inspeccionándose las uñas con detenimiento.- Pero si me hablas un poco de ella, quizá lo descubramos.

Gruñó sonoramente y volvió a la carga contra su labio. Mientras, intentaba decidir cómo afrontar lo que tendría que decir a continuación. La voz de la analista se volvía a cada pregunta más molesta y el hecho de que en esas sesiones no fuese más que eso, una voz sin rostro alguno, solo empeoraba las cosas. En vano intentaba tirar la cabeza hacia atrás para verla.

- Realmente, apenas la conozco. Si me preguntas cuántas cosas sé de su vida personal, dudo que lleguen a contarse con los dedos de una mano. -Comenzó mirando distraídamente el techo de la habitación.- No es muy alta, de hecho, contrasta bastante con mi metro ochenta. -Un extraño orgullo se desprendía de sus palabras al hablar de su estatura.- Siempre que la veo lleva una manzana en la mano, además. De todos modos, eso no es lo peor. No, desde luego que no. -Llegado a este punto, balanceaba la cabeza horizontalmente, indignado.- La mayoría de las veces me la encuentro durante mi paseo matutino por el parque y en todas las ocasiones, ella está con uno de esos disparadores de burbuja. ¡Burbujas!, ¿puede usted creerlo? -Se detuvo un segundo y espero pacientemente a que la analista se muestre de acuerdo con su consternación. Al no obtener ninguna respuesta, decidió seguir.- Es tan… infantil, tan inocente, tan ¿ingenuo?, que no lo entiendo. -La última frase la escupió con lentitud.

Nuevamente guardó silencio. Había dejado por fin su labio en paz y parecía sumergido en toda clase de reflexiones internas. De vez en cuando sacudía la cabeza y murmuraba frases inteligibles. Tenía las manos entrelazadas en el estómago y hacía golpear sus dedos gordos entre sí. Su pierna derecha esta apoyada encima de la izquierda y el pie se movía como un péndulo de un lado a otro. Al cabo de un rato se removió incómodo en el diván y aprovechó para mirar con disimulo a la analista, durante una milésima de segundo la vio, rígida como una roca sentada con las piernas cruzadas y la mirada clavada en él. Cuando volvió a estar recostado, tenía los brazos extendidos a ambos lados de su torso.

- Casi puedo oír lo que está pensando. -Dijo de pronto, rompiendo el silencio que se había impuesto.- Me llega hasta aquí el rumor de su cerebro, maquinando complicadas teorías de piscólogos y psiquiatras sobre todo lo que le acabo de decir. -Para adornar esta última parte, movió sus manos a la altura de la cabeza en gestos ligeramente burlones.- Así que antes de que me salga con alguna disparate que tire por tierra el naciente respeto que logró causar en mí (algo de lo que no muchos pueden alardear, créame), déjeme advertirle una cosa: si lo que piensa es que, por el motivo que sea, yo estoy enamorado de ella, o como quiera llamarle, déjeme decirle que se equivoca de cabo a rabo.

La analista alzó las cejas y miró a su paciente por encima de las bajas, hizo un cruce de piernas, llenando el silencio que se había hecho con el rumor de su pantalón, y le respondió con voz clara, tranquila y cargada de una extraña lógica.

- Parece estar usted demasiado a la defensiva. ¿Intenta convencerme a mí o sí mismo?

2 comments so far

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  1. Impresionante.
    Me da la sensación de que es algo autobiográfico, ¿no? de todas formas, hay ciertas cosas que es mejor no saber, se rompe el encanto de los relatos, (y yo soy la primera muchas veces que no está dispuesta a explicarlas al dedillo) así que como está, perfecto.
    Por otra parte, es fascinante cómo describes cómo se siente el protagonista. Al menos en mí ha causado tal efecto que incluso me sentía incómoda en mi silla. Y causar sensaciones en el lector es algo muy, muy bueno.
    Y otra cosa, las manzanas. De verdad, a medida que iba leyendo me iba sorprendiendo más. Porque a mi me encantan las manzanas, de hecho todas las mañanas me llevo una al colegio, y mi compañera de pupitre las odia. Como a tu personaje, es aversión. No puede ni verlas y mucho menos olerlas. Y cuando quiero darle un mordisco (a la manzana, no a mi compañera) tengo que meter la cabeza en la mochila sin que se dé cuenta.
    En fin, me ha encantado leer este tipo de relato aquí, los echaba de menos. Y bueno, que espero leer lo próximo, aunque esta semana los exámenes están en pleno apogeo,y así ya te digo que opino en general.

    Un saludo y que te vaya muy bien la semana!

  2. Hombre, gracias. La verdad es que es uno de los relatos que más me costó terminar, en buena parte porque es de los pocos que como tú bien dices, tiene algo de autobiográfico. Por algún extraño motivo me resulta más sencillo escribir cosas que me son ajenas.

    En cuanto a los exámenes, estoy igual, la verdad. Suerte con ellos :)