07.17
Pruea
Paranoia número dos del mes de Febrero.
Número de contacto en caso de emergencias.
¡Ey!, tía, no te vas a creer lo que me pasó. Es que vamos, no te lo vas a imaginar. Intenta adivinar. No, no, bueno, da igual, no puedo esperar, te lo cuento yo. ¡Me han atropellado!, ¡como lo oyes! Ahora mismo, de hecho, estoy en algún hospital. No, no tengo la más pálida idea de cuál. Debo estar en un post o pre operatorio de algo chungo, porque llevo un colocón de morfina que no te haces una idea. Quizá por eso no puedo evitar reírme de que me haya arrollado un coche como si de un muñeco de trapo me tratara. Es curioso, porque a pesar de la droga, no siento una gran sensibilidad en mi cuerpo. ¿Tú qué crees?, ¿anestesia? Yo opino igual, la verdad. Me gusta esto de no sentir gran cosa, tienes que probarlo, tiene su punto.
Es todo tan blanco. Ni una planta, ¿notaste que nunca hay plantas en las habitaciones de hospital?, siempre me pregunté por qué. Creo que tiene algo que ver con que roban el oxígeno o algo así. No me acuerdo bien, una vez quisieron explicármelo. El caso es que lo único que me hace compañía es una máquina cuya conversación se reduce a un montón de monótonos pitidos desesperantes. Ahí, detrás del ventanal, veo a un grupo de enfermeras apiñadas en torno a unos papeles que de vez en cuando me lanzan alguna mirada, pero ellas tampoco es que hablen mucho más conmigo que el dichoso aparatito. Para colmo la ventana está cerrada, no corre nada de aire. Bueno, sí, hay aire acondicionado, pero yo hablo del de verdad.
¿Sabes? Fue mi culpa. Estaba cruzando una autopista mientras volvía del cine y de repente me puse a pensar en qué pasaría si me pusiese en frente de uno de los coches que doblaba a toda velocidad por la rotonda. Fue una milésima de segundo y lo hice sin dudarlo. Desde ahí ya no recuerdo mucho con gran exactitud, había un grupo de caras a mi alrededor que me miraban con asombro, luego un sonido estridente y una luz roja muy fuerte me hicieron daño. Recuerdo que me alzaron un par de hombres fortachones y me subieron a una camilla. En ese momento ya pierdo un poco el hilo de lo que pasó. Fue una vorágine tan grande de sucesos, uno detrás de otro, que no me siento capaz de ordenarlos.
Pero hay algo que no consigo olvidar. Me hicieron muchas preguntas cuando llegué, querían saber quién era. Al parecer solo tenían mi nombre. Lo metieron en una base de datos que tienen ellos y constataron que mi familia está en Alicante. Claro, intentaron dar con ellos, sin embargo la información de ahí no está actualizada. Tienen la dirección y el número de teléfono de antes que se divorcien mis padres. Así que no pudieron dar con ellos. Intentaron, luego, revisar mi teléfono móvil. Pero es un modelo usado que me dejó mi hermana cuando se cambió el suyo y la batería va un poco a patadas. En unos minutos estaba apagado y sin querer encenderse, no les dio tiempo a sacar nada.
De hecho, eso me hace pensar que quizá no esté hablando contigo, quizá sea un efecto más de la morfina y por eso me miran tanto las enfermeras. “Qué tío más raro, habla solo”, pensarán. Yo que creía que clavaban los ojos en mi paquete. Tendrías que haber visto la mirada que les lancé. En fin, que me voy de tema. Después de todo eso, consultaron mi ficha, para ver qué podía averiguar de ahí, pero no tengo ningún número de contacto en caso de emergencias. Resulta, que después de todo no soy nadie. Un nombre en un documento. Soy un completo desconocido en un hospital desconocido a seiscientos kilómetros de su ciudad atendido por médicos desconocidos que curan heridas que desconoce. No puedo evitar preguntarme qué sí conozco.
Es curioso, ¿sabes por qué lo hice? Me dije, “a ver qué pasa si me atropellan”. Creo… creo que hubiese preferido morir o quedarme paraplégico a darme cuenta que si sufro un accidente acabaré convertido en un sin identidad, ¿quién lloraría por alguien de quien no sabe nada?. Al final, parece que todas nuestras relaciones sociales se pueden reducir a un número de contacto en caso de emergencias. Y todo esto me hizo ver que yo no tengo ni eso. ¿De qué te puede servir una gran inteligencia, dinero, mucha cultura o una infinidad de temas de conversación, si luego no tienes a quién llamar en caso de emergencia?
Relatillo con tintes de cuento infantil que hice a principios de Marzo.
Copito de nieve
“Tienen que tener una. Cómo no van a tener.” Dos pares de manos recorrían su cuerpo de arriba abajo. Pasaban por su torso, su pecho y, finalmente, por su cara. Podía sentir como los dedos recorrían por su piel alisándola a su paso. No le molestaba, de hecho, era bastante reconfortante. Mucho más que el golpeteo incesante y molesto de los copos de nieve. De repente, dejó de notar aquellos curiosos gusanitos explorándolo, se llenó de esperanza. “Ahora, ahora me van a dar la bufanda.”
Aparecieron de nuevo al cabo de unos instantes, pero no rodearon su cuello con ninguna tela de ningún tipo, se limitaron a tocar la parte alta de su rostro y poner tanto a izquierda como a derecha una pequeña piedra. De repente, todo lo que antes era oscuridad, desapareció y dio lugar a un mundo nuevo. Estaba en un parque extrañamente blanco, podía ver al Sol a media altura, unos cuantos niños arrojarse proyectiles hechos de nieve y a ellos dos recogiéndola del suelo, pengándola a su cuerpo y expandiéndola. Cada vez que alguna de sus manos se acercaba, una reconfortante sensación lo recorría. Pero aún así tenía frío y no había ninguna bufanda a la vista.
Finalmente, ambos se alejaron unos pasos y le dirigieron una mirada escrutadora. Él torció el labio en gesto crítico y ella lo miraba a través del dedo pulgar de su mano derecha, levantado a la altura de sus ojos. Unos segundos después, los dos asistieron satisfechos y parecían dispuestos a irse, cuando de repente la joven se volvió alarmada ante algo que se olvidaba. No pudo evitar sentir una gran tranquilidad y agradecimiento al ver cómo regresaba apresurada, si hubiese podido moverse, estaría tiritando. Pero para su decepción, lo que recibió fue un par de ramas, una en cada lateral de su pecho, a modo de burlona imitación de un par de brazos.
Antes de salir corriendo a donde él la esperaba, mirándola con una sonrisa incontenible, ella se inclinó y dibujó en su frente con el dedo índice una esbelta “D”. En cuanto acabó y se levantó, comenzó a notar una sensación extraña, un cosquilleo curioso en todo su blanco cuerpo. Vio cómo la chica se iba alejando de su campo de visión e intentó seguirla con sus piedrecitas, pero no pudo. Un nuevo esfuerzo y nada. Pero al tercero, su cabeza se giró cuarenta y cinco grados para mirar cómo ambos se alejaban calle arriba. No podía creerlo. Así podría conseguir una buena bufanda con la que pasar el invierno.
Intentó moverse. Al principio fue tortuoso, ya que no tenía pies, pero en cuanto consiguió arrastrarse los primeros centímetros, la dificultad fue disminuyendo a cada paso. Esgrimiendo su dibujada sonrisa de satisfacción pasó frente a los estupefactos niños que lo miraban desconcertados atravezar la plaza. Hizo girar sus ramas y comprobó con satisfacción cómo se movían de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Una chica lo miraba con los ojos abiertos y se aferraba con fuerza al brazo de su madre, que resopló con exasperación al verlo aproximarse mientras agitaba su cara.
- Por favor, suéltame ya, tengo que llevar las bolsas. ¿No ves que es sólo un truco?
En cuanto lo oyó, su sonrisa se invirtió. ¿Él?, ¿un truco? ¡Ja!, ¡a ver qué tan real era ella! Aumentó su velocidad y las pasó digno y altivo sin molestarse en volver a dirigirles ninguna mirada. Un perro lo observaba atentamente al final de la calle y conforme se iba acercando, retrocedía unos pasos acobardado y sin parar de gruñir temblorosamente. Considero inteligente evitarlo y girar a la izquierda. En algún lugar, entre tantas tiendas innecesarias, tenía que haber una donde vendiesen objetos útiles, tales como una buena bufanda.
Y ahí estaba, con la vitrina moteada de copos de nieve, la puerta abierta dejando ver el interior del local y un cartel raído recitando en letras negras y grandes “Bazar Oriental”. Desde donde se encontraba podía verla, era un ejemplar maravillosa, de un bonito gris claro. Se notaba a la distancia que era de una calidad insuperable. Posiblemente cocido a mano, ya no se hacían telas como aquella. Sin dudarlo ni un instante, arrastró todo su peso al interior, perdiendo uno de sus brazos al intentar pasar por la puerta. Miró con cierta tristeza la rama caída al suelo durante un rato antes de terminar de entrar decidido.
Al otro lado del mostrador, un hombre con los ojos rasgados lo miraba incrédulo. No paraba de limpiarse el cristal de las gafas que llevaba y de refregarse los puños contra los ojos, como si algo se le hubiese metido algo en las retinas. Mientras el dueño se ocupaba de su limpieza ocular, giró su cuerpo lo suficiente como para que la única extremidad que le quedaba apuntase a aquella bufanda tan maravillosa que lo esperaba pacientemente en la estantería. El oriental dirigió su vista hacia allí y abrió y cerró varias veces la boca. Finalmente, luego de recibir un par de miradas insistentes de parte de las piedrecitas, se levantó, cogió la prenda y se la cruzó al cuello.
Orgulloso con su nueva vestimenta, salió de nuevo al exterior. En seguida notó que algo había cambiado. Por empezar, ya no sentía la nieve golpear contra su cuerpo y le era mucho más fácil arrastrarse, de hecho, casi resbalaba. Además, los rayos del Sol le producían un picor extraño en su piel, haciendo que ésta gotease de una manera alarmante. Comenzaba a encontrarse débil y a pesar de que el agua que había a sus pies lo ayudaba, cada paso se le iba haciendo más y más complicado. De repente, su recién estrenada prenda se le hacía pesadísima.
La última vez que se supo algo de él, tres niños saltaba sobre un charco de agua jugando con una bufanda gris. En el suelo, había un par de piedrecitas y una zanahoria cerca de lo que parecía una “D” dibujada a dedo.
Paranoia pseudo-autobiográfica cuyo origen puede situarse en… ¿Febrero? A principios, juraría.
Un día más
El instrumento dejaba escapar unas notas al aire. Casi le parecía ver un par de corchetas salir de la trompa del saxo mientras paseaba sus dedos por el cuerpo de metal y soplaba abriendo la garganta lo más posible para dejar al sonido reverberar. Entreabrió el ojo derecho y lo clavó en el afinador. Aún tenía que subir un cuarto de tono más para alcanzar el La agudo. Presionó su diafragma y sacó todo el aire que le quedaba con fuerza. Logró mantenerla durante unos segundos antes de caer y separarse de la boquilla para recuperar la respiración normal. Miró a su alrededor. Los árboles lo rodeaban en aquel pequeño claro donde se encontraba. A unos pasos tenía a su alcance un atril, donde reposaba una partitura chamuscada y se sostenía un aparatito marcando una aguja justo en medio de una especie de compás, debajo del número ciento cuarenta y cuatro. Eso y el estuche que repostaba a su derecha, eran lo único que desentonaba en ese bosquejo poco denso.
Como cada día, luego de ir a clase, había vuelto al piso para coger su instrumento y se había internado en la espesura para practicar un rato. Dentro de unos minutos, tendría que recoger todo corriendo y volver lo más rápido posible para llegar a tiempo a su nuevo trabajo. En cambio, si empezase en ese mismo instante a guardar las cosas, podría hacerlo sin necesidad de prisas. Miró el reloj de su teléfono móvil y calibró qué sería lo más oportuno. Resolvió que hoy tenía ganas de hacer algo emocionante, así que se recostó sobre la hierba sin quitarse la correa del saxo y cerró los ojos para dejar pasar el escaso tiempo que le quedaba. Al fin y al cabo, qué eran cinco minutos. Nada, apenas trescientos segundos. Unas trescientas mil milésimas. Minucias. Realmente merecía la pena sacrificarlos para disfrutar de esa tranquilidad. Y del posterior colocón de adrenalina cuando tenga que hacerse con sus cosas a toda velocidad y salir corriendo para no retrasarse. La emoción ya comenzaba a embargarlo. Volvió a echar una ojeada, quedaban veinte segundos para que empiece la carrera.
En cuanto marcó el minuto cuarenta y dos, se levantó de golpe, se quitó el instrumento de la espalda a toda prisa, lo guardó en la caja desarmándolo con rapidez y poniendo en un lugar seguro su caña. Decidió que dejaría ahí el atril, total, las posibilidades de que alguien vaya y se lo lleve eran mínimas. Y aún así, qué era un atril. Apenas diez euros y un poco de metal. Podía permitirse correr el riesgo aunque sólo fuese por sentir durante un día la tibia y embriagante inquietud ante la posibilidad de que se lo quiten. Dejó de entretenerse con pensamientos banales y se lanzó a la carrera hacia su vivienda. Entró a toda velocidad, dejó el saxo sobre su cama, saludó a sus compañeros de piso, guardó el portátil en la mochila y echándosela a la columna vertebral, volvió a emprender la carrera. Atrás quedó la hemeroteca. Un recuerdo fue pronto la facultad de ciencias sociales y la de ciencias se desvaneció en cuanto cruzó la calle en dirección a la Escuela de ingenierías. La atravesó por la carretera que cruzaba debajo y se encaminó al Centro de Visión por Computador. Miró el reloj. Había hecho un tiempo récord, aún ni eran las tres. Menos de quince minutos.
Hasta que fuesen en punto se dedicó a pasear por la entrada de la empresa universitaria mientras dejaba que la adrenalina recorra su cuerpo. El cansancio se apoderó de él, sentía las piernas agarrotadas, el pecho acelerado, el sudor frío bajar por su mejilla a toda prisa, las manos le temblaban ligeramente y la espalda reclamaba ser liberada de su peso. Además, comenzaba anotar como iba apareciendo la desesperación ante la posibilidad de que le robasen el atril, no tanto por él, sino más por la partitura, en la cual había trabajado mucho. Burbujeando, la había llamado. Faltaban aún unos eternos diez segundos para entrar, la próxima vez tendría que empezar la carrera más tarde, así el efecto duraría más. Lanzó un suspiro. Miró con alegría a todos lados. Sonrió para sí, entre toda la adrenalina, la angustia, el dolor físico, comenzaba por fin a sentir esa extraña sensación de satisfacción. Comenzaba por fin a sentir.
Sigo, sigo, con uno que hice en Enero, más o menos. Espero sea de vuestro agrado.
Silencio.
La amaba. Pocas cosas sabía con certeza y esa era, sin duda, una. Me encantaba cuando entraba en la tienda, con sus cabellos oscuros siguiéndola detrás, el flequillo ligeramente inclinado sobre el ojo derecho y unos delgados mechones cayendo por delante de sus orejas, apenas perceptibles, camufladas entre suaves rizos estivales. Baja y algo delgada, daba la sensación de estar siempre a punto de ser llevada por el viento. Ojos felinos de un color castaño suave que miraban vivaces todo lo que la rodeaba. Tanto su nariz como sus mejillas tenían rasgos ligeramente redondeados, que se veían acentuados por unos labios delgados y de un tímido color rojizo. Entraba siempre con una desbordante e injustificada alegría que me impedía contener una sonrisa.
- ¡Hola! -Solía saludar con entusiasmo mientras agitaba la mano y se dirigía a las estanterías con la soltura de quien se conoce el terreno como la palma de su mano.
- Buenas. -Respondía yo alzando la vista por encima de las gafas en mi posición privilegiada, detrás del mostrador, y dejando por momento de garabatear con el bolígrafo que, invariablemente, esgrimía siempre por entonces, enfrascado en cálculos diversos.
Entonces acostumbraba preguntarle por la película que le había recomendado en nuestro último encuentro. ¿Qué tal con The Wall?, ¿Viste al final El séptimo sello?, ¿Te agradó Donnie Darko?
- Oh, me gustó mucho. La canción del final estaba muy bien. -Respondía ella con una sonrisa mientras cogía el libro que tuviese más cerca y lo hojeaba con gesto indiferente.
- No recuerdo cuál es. -Comentaba yo con aire distraído.- Pero la película a mí me fascina, tiene algunos diálogos demoledores.
Luego confirmaba mi opinión y me recomendaba alguna. Deberías alquilar Malena, ¿Has visto el Castigador?, Juno me encantó. Le prometía que lo haría y me apuntaba el título en la hoja, en una esquina por encima de las cuentas. Ella se giraba y seguía con su detenido estudio de todos los libros que tuviese al alcance de la mano. De vez en cuando me lanzaba alguna mirada distraída. Lo sé porque yo, mientras trazaba con cuidado un par de líneas debajo del nombre de la película que acababa de anotar para subrayarla o me removía en la silla y simulaba enfrascarme en mis números, también le dirigía mis ojos y me preguntaba interiormente por qué no decía nada, por qué callaba. Tragaba saliva y mordisqueaba el bolígrafo mientras la observaba dejar alguna novela en la estantería de donde la había cogido.
- Terminé de leer el libro que me llevé el otro día. -Comentaba entonces ella, paseando entre las estanterías mientras marcaba su recorrido arrastrando la mano sobre ellas como si estuviese dibujando un camino que no quisiese olvidar.
- ¿El de Murakami? -Preguntaba, aunque supiese a la perfección la respuesta, con la esperanza de alargar algo más la conversación y sin despegar la vista de la hoja que tenía a unos centímetros de mi rostro.
Ella se tomaba un rato en responder, enfrascada en la lectura de la contratapa de algún libro que había pescado mientras hablaba. Yo inspiraba profundamente como si estuviese cansado y echaba una mirada distraída al reloj que adornaba mi muñeca exhortándola con el pensamiento para que me conteste.
- Sí, ése. -Decía alzando los ojos del libro y mirándome profundamente, antes de volver a bajarlos con un aire casi de timidez.
Volvía a mirar la hora y comprobaba lo que había tardado en responderme. Un minuto cuarenta y tres segundos, un minuto diecisiete segundos, dos minutos seis segundos… Sonreía y concluía alguna cuenta suelta en la hoja, intentando no hablar al instante y queriendo demostrar que yo también estaba distraído con otras cosas. Cuando creía que había pasado suficiente tiempo, miraba las dichosas agujas y comprobaba que sólo llevaba así un minuto. Esperaba siete segundos más para volver a tomar la palabra. El siete es un buen número.
- ¿Qué te pareció?
- Es muy entretenido. -Respondía entonces al instante, sin atreverse a levantar los ojos de un nuevo libro que ahora se posaba entre sus manos. Sus mejillas solían tomar color cuando llevaba ya un rato dentro de la tienda. Siempre lo notaba.
- Es muy bueno. -Decía yo, aliviado de no tener que soportar otra insufrible espera.
Ella volvía moverse entre las estanterías, tomando de vez en cuando algún ejemplar y echándole una hojeada rápida para volver a ponerlo donde antes. Sabía que no compraría ninguno y que, en caso de que sí lo fuese a hacer, ya conocía el título desde antes de entrar. Pero aún así permanecía dentro del local, dando vueltas entre los volúmenes y cruzando miradas conmigo cada pocos segundos. Yo intentaba mantener la cabeza en mis cálculos y observaba cómo las marcas de mis dientes que exhibía el capuchón del bolígrafo se iban haciendo más profundas. Entonces lo ponía sobre la mesa, para no volver a caer en la tentación de morderlo y ella se colocaba en el primer estante, el que estaba en frente mío.
Sabía que eso no era normal. Sus novelas favoritas estaban en el tercero comenzando por el fondo, donde el género negro, el de terror y el de fantasía compartían espacio. En el primero había ensayos y obras de teatro. Nunca compraba ese tipo de libros. Entonces me daba cuenta, esperaba que yo le dijese algo. Se ponía para que la viese y caiga en la cuenta de lo que debía decir. En ese instante, me movía incómodo en mi asiento, tragaba silenciosamente saliva y, mientras simulaba no notar las miradas de reojo que me lanzaba, me enfrascaba de nuevo en las cuentas, pero recitando en mi cabeza el pequeño discurso que llevaba mucho tiempo calibrando. Había pensado ponerle alguna que otra broma en medio, para camuflar mejor el mensaje general y no quedarme con esa horrible sensación de estar expuesto cuando lo decía.
Pero por más que pasaban los minutos, no conseguía empezar. Alguna vez abría la boca, pero pronto la cerraba como si fuese un acto inconciente. Ella pasaba el peso de su cuerpo de un pie a otro y miraba nerviosa en mi dirección, prestando un fingido interés la reseña de algún aburrido ejemplar de crítica literaria que probablemente versase sobre el Quijote, la generación del 98 o el siglo de oro español.
- Bueno, tengo que irme. -Decía, rompiendo el silencio, cuando la espera se alargaba tanto como para hacerse sólido el ambiente artificial que la gobernaba.- Nos vemos luego. -Solía despedirse agitando la mano a la altura de su rostro y esperando que le contestase.
- Hasta luego. -Exclamaba yo con una ligera sonrisa, dándole permiso implícitamente para que se vaya.
Ella, contra mi silenciosa voluntad, obedecía. Yo me mordía los labios y acababa secando alguna gota cargada de sal e impotencia que conseguía escaparse de la presión de mis párpados.
Bueno, he decidido revivir esto publicando los últimos relatos que escribí. Éste lo hice allá por Diciembre.
Relato
- ¿Él es Santa Claus? -Preguntó desde la rodillas de un hombre de mediana edad y calvo que temblaba ligeramente de frío, mientras señalaba con un dedo protegido por guantes de lana al otro lado del parque, a un hombre vestido de rojo que discutía intensamente con otros nueve.
- No, ése es un patán disfrazado. -Le contestó frotándose las mano y sorbiendo la nariz. Estaban ellos dos solos, a excepción de esos tipos que se peleaban.
- ¿Y dónde está entonces? -Inquirió insistente frunciendo los labios en gesto de reproche.
- Te voy a solucionar muchos traumas futuros que agradecerás cuando crezcas -suspiró él-: Santa Claus no existe.
Al instante se arrepintió, justo cuando vio su rostro teñirse de decepción y sus ojos inocentes humedecerse. Miro desesperado a ambos lados y, acariciando su largo cabello, le dijo apaciguador:
- Eh, eh, no te pongas así. A ver, es una mentira, sí, pero como toda mentira, tiene algo de verdad. Sí, eso es, de hecho, ¿sabes qué?: Te voy a contar de dónde salió el sujeto ese al que tú llamas tan alegremente Santa Claus.
No sé si lo sabes, pero el mundo tiene muchas dimensiones. ¿Qué es una dimensión? Joder con la niña. Una dimensión es una realidad en… mejor déjalo. Olvídalo. Volvamos a empezar. Hace mucho tiempo, en un lugar muy, muy lejano, había cuatro reinos distintos. En el este estaba el del otoño, en el oeste el de la primavera, al norte el del verano y al sur el del invierno. En el del verano siempre era verano, en el del otoño siempre otoño y así. Yo te contaré la historia del rey del invierno y la corte del verano. Quizá algún día te narre la de los reyes del otoño y la primavera.
Pongámonos en situación: las tierras sureñas eran lugares fríos y oscuros. Casi todo, de hecho, estaba compuesto por cuevas profundas llenas de agua congelada. Como sus territorios, la gente de allí también era fría y oscura. Además, disfrutaban de ello y se revolcaban en su maldad. Pero el peor era su rey. Terriblemente alto y delgado, era todo tinieblas. Con un mero rose podía congelar el fuego más ardiente y su risa producía escalofríos al más valiente. Se rumoreaba que su corazón, y centro de su desmedido poder, se encontraba en una estalactita triangular colgada siempre en su pecho.
¿Cómo iba a tener gorro?, ¡es ridículo! Claro que no llevaba. Espera, espera, no llores, niña, ahora que me acuerdo, sí, siempre llevaba consigo un sombrero triangular aún más negro que su piel y casi, sólo casi, tan oscuro como su alma.
Como iba diciendo, las tierras de estivales, por el contrario, eran todo césped, Sol y árboles. Felicidad y colores. En el medio se hallaba un enorme palacio donde vivía el rey Batus, su esposa Larian y su hija Danela. Allí solían organizar grandes fiestas a las que inventaban a todo el pueblo a participar y donde la comida, la diversión y la música no escaseaban. Eran auténticos polos opuestos. ¿Un polo? Cuando lleguemos a tu casa, mejor búscalo en el diccionario. ¡Cómo que aún no sabes leer!, ya deberías ir aprendiendo, jovencita.
No me interrumpas. El señor del invierno tenía un sentido del humor curioso. Un día, durante una de las habituales reuniones cortesanas de sus vecinos del norte, se escabulló entre los invitados, oculto entre sombras, y cuando el encuentro estaba en su cénit con todos bailando y bebiendo, desató una potente ventisca sobre las cabezas de los presentes. En unos segundos se desencadenó el caos y donde antes había festejos y jolgorio (luego te cuento qué es un jolgorio), pasó a haber gritos y desesperación. Pronto los músicos dejaron de tocar y lo único que se oía eran los chillidos de los invitados sobre la risa incontenida del rey invernal.
El único que mantenía la calma era Batus, veía impasible la escena desde su asiento con las manos entrelazadas en la mesa. Al cabo de unos minutos, se levantó y alzando los brazos al cielo, murmuró unas palabras. En un instante el cielo se despejó y el Sol neutralizó los fríos poderes de nuestro amigo oscuro.
En unos pocos segundos, todos estaban encima de él pidiendo un merecido castigo por haber interrumpido su diversión. Se comenzaron a barajar teorías, yendo desde cortarle la cabeza hasta cocerlo a fuego lento. La sola mención de esto último puso los pelos de punta al rey del invierno y le hizo temer lo peor por su incomprendida broma.
- ¡Alto! -Detuvo a todos una voz. Era Danela, hasta entonces en silencio.- ¿Qué es esto?, ¿cómo podemos estar pensando en estas atrocidades un día de festejos? Padre -dijo al girarse, dejando que su cabellera rubia y extensa se balanceara en el aire,- te ruego clemencia por él. -Sus ojos azules realmente parecían desear su perdón y su rostro angelical, ligeramente sonrojado, suplicaba mudamente.
Batus escuchó su petición y lo dejaron ir sin ningún castigo. Sin embargo, nada volvió a ser como antes. Aquel gesto desinteresado había conmovido al rey del invierno y lo invadió una sensación de admiración y respeto por esa muchacha. Los siguientes días los pasó dando vueltas de un lado a otro por su cavernoso palacio. Finalmente, no pudo contenerse más y oculto en forma de viento frío se internó en el reino del verano para espiar a aquella desconcertante joven.
Así se pasó días y días, mirándola silencioso. Su cuerpo se acostumbró pronto al nuevo clima y fue notando como la estalactita de su pecho perdía la dureza y frialdad de antaño, ensimismado por su princesa salvadora. Cada día su deseo de hablar con ella aumentaba y con él, el miedo a su posible respuesta. Decidió, finalmente, que para asegurarse el éxito, le prepararía un regalo esplendoroso. Algo esplendoroso es una cosa con mucho esplendor y el esplendor una palabra que aprenderás cuando llegue el momento. Sí, ahora te cuento cuál fue su regalo, si me dejas seguir, claro.
Verás, lo que pensó, fue en construirle una gigantesca estatua de hielo de ella y arrastrársela con su forma de viento al medio del palacio real en la fiesta de la semana siguiente. Con esa idea en mente, se encerró en su hogar y comenzó la confección de su obra. Ayudado de todos sus habitantes, creo una escultura cuatro veces más grande que la princesa de un realismo y una belleza inigualables. El pueblo entero estaba maravillado y se sintieron bastante desilusionados al enterarse de que no se quedaría con ellos.
El día había llegado y los preparativos estaban listos. Apostó vigías en el reino del verano con el fin de avisarle cuándo era el momento oportuno y se preparó para arrastrar por los aires su regalo. Cuando la señal apareció en el cielo, emprendió vuelo hacia su destino. Al llegar a las tierras tierras norteñas, el cielo estaba completamente despejado y no encontró ningún obstáculo.
Finalmente, arrivó al palacio. Se adentró como viento frío al patio donde se celebraba la fiesta y con una entrada teatral descendió hasta el suelo haciendo una esplendorosa demostración de poder. Miró a su homenajeada, le hizo una reverencia y alzó las manos en dirección a su presente, que en esos momentos bajaba lentamente hasta el suelo.
Al apoyarse éste y alejarse todas las corrientes de aire, una risa descontrolada atacó a todos los presentes. Desconcertado y avergonzado, el rey del invierno se giró para ver su obra y se encontró con algo que no había tenido en cuenta: el calor de las tierras estivales la había derretido y convertido en una masa de hielo humeante y acuoso sin ninguna forma concreta.
Las crueles carcajadas golpeaban su cabeza. Una música burlona inundó el ambiente y todos empezaron a bailar a su alrededor, sin dudar un segundo en señalarlo con el dedo a cada paso. En algún momento alguien le arrojó un bote de pintura roja y entonces todos se soltaron lo poco que les faltaba y acabó bañado en nata, esmalte y humillación. Esperanzado alzó los ojos buscando a Danela. Luego de recorrer la sala, se la encontró llorando de risa y alegría detrás de la multitud que lo rodeaba.
Hay quien dice que fue entonces cuando su estalactita estalló en mil pedazos contra el suelo. Algunos aseguran que ya se había derretido mucho antes, con el calor que la princesa le causaba. Sea como sea, cuando lo atraparon los guardianes del reino del verano, luego de arrasar en forma de ventisca todo el poblado en un ataque de rabia, ya no la llevaba en el cuello y sus poderes habían desaparecido por completo.
Indefenso e impotente fue sometido a un severo juicio. Decidieron que la muerte era un pobre castigo para todo el mal causado y acordaron imponerle otro tipo de pena: estaría encerrado durante todo el año, excepto un día, en que lo pondrían en libertad para recrear su humillación y vestido de rojo y blanco como el esmalte y la nata que llevaba encima entonces, debería cruzar la ciudad por los aires igual que durante su rabiosa arremetida y repartir regalos a los pueblerinos como había hecho con Danela. Así nunca olvidaría lo que había hecho. No me mires así, yo no inventé el mundo, la gente buena hace maldades, es un hecho.
Aún hoy, milenios después y habiéndose unido todos los reinos en lo que hoy conocemos, sigue condenado a repetir a comienzos del invierno aquel ritual maquiavélico. Pero poco a poco nuestro mundo se enfría y con ello su cuerpo, quién sabe, quizá algún día recupere sus poderes. Hay quien dice que se librará. Sostienen que tarde o temprano su estalactita se recuperará y con ella toda su magia. Creen que se desatará de sus cadenas y tomará venganza de todos. Posiblemente con una devastadora y fría tormenta helada. Les encanta especular sobre el fin del mundo.
Yo no estoy tan convencido, la verdad. Aunque pudiese volver a ser todo lo que fue, no creo que haga nada por cambiar su situación. ¿Sabes?, en el fondo él es un ingenuo. Un soñador. Tiene la esperanza de que Danela aparezca para volver a rescatarlo. Y si escapa, perdería esa oportunidad. Él mismo cumplirá voluntariamente su castigo. Un corazón partido es la mejor manera de descubrir que tienes uno.
Como de costumbre, me adhiero a cualquier iniciativa bloggera no excesivamente estúpida y ésta, no sólo no lo es, sino que además la considero de bastante relevancia.
Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:
- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.
- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.
- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.
- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.
- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.
- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.
- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.
- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.
- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.
- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.
Os dejo con un relatillo que tenía guardado en algún lugar.
Sobre famélicos rocines y afiladas espadas
- ¡Acercaus, acercaus, sentaus en esas sillas que vacías allí esperan! ¡Sus voy a contar como mi señor y yo nos hicimos destos esbeltos corceles, destas afiladas e imponentes espadas y destas llenas bolsas de oro! Sus voy a contar una historia, vamos. ¿Pero qué esperáis?, ¿que sus traiga la sentadura cual noble? En menos de lo que un gallo canta pienso empezar y no penséis que sus voy a aguardar. Camarero, ¿ónde se supone que está mi cerveza?, todo buen contador precisa duna jarra de cerveza.
>> Bueno, bueno, puestos sobre la mesa los ingredientes pa una buena narración, es hora de empezar. Andábamos mi señor y yo por los caminos. Él es un hombre gallardo, aventurero nato. Sus mejores armas son su inteligencia y agudeza, afiladas cual hoja de plata. No me malinterpretéis, tiene presto su espada en mano si la hora de cortar cabezas llega, pero como dice siempre que se le pregunta: “Preferible es vaciar carteras a rasurar cabelleras”. Pos así íbamos, por la ruta que une dos ciudades del Imperio de importante comercio. No sus penséis que esta barriga que aquí veis me acompañaba por esos derroteros. Oh, vaya que si no. Estábamos tan famélicos y hambrientos como nuestros rocines, o quizá más ellos, pero eso no viene a cuento. Lo importante y con lo que sus tenéis que quedar, es que al finalizar esa noche a nuestro destino íbamos a llegar e íbamos en los güesos y por más que nuestros bolsillos al viento agitábamos, dellos ninguna moneda salía.
>> La noche por el camino era oscura y tenebrosa. La naturaleza nos acompañaba en nuestros pasos con su melodía. Espero que no oséis insinuar que eso nuestra gallardía minaría, oh, no, nada alejado más de la realidad. Teníamos, así como sus cuento, una tranquilidad natural, pues en circunstancias tales siempre nos vamos a encontrar, así que ni nos inmutaríamos cuando junto a un par de campesinos borrachos pasásemos o cuando un lobo a lo lejos aullara. Mi señor iba recto en su flaca montura mirando serio el horizonte en el momento en que dél se veía un carruaje pomposo de colores primaverales tirado por dos caballos de envidia y custodiado por sendos soldados. Su paso era lento hasta para nuestros famélicos rocines y prisa no parecían albergar. En eso, mi amo se va a girar y me va a mirar con una sonrisa pícara, desas que me pone cuando algún arriesgado y loco plan se le pasa por su bien amueblada cabellera. Va a hablar y así me va a dir, oíd atentos sus palabras:
>> – Querido compañero, una idea para desta situación salir se me acaba de ocurrir. Volvamos prestos en nuestros pasos, que contrarreloj vamos.
>> Y sin mediar más palabra y sin decirme qué buscaba, su montura va a girar para emprender al galope hacia atrás. Hasta los borrachos se encaminó y frente a ellos se situó, armado con una rama de haya que por allí hallase. En sus cabezas les pegó y las ropas les quitó, atándolos de pies y manos con unas cuerdas que siempre en su alforja lleva. Las vestimentas destos nos calzamos y a ellos las nuestras colocamos, después un pañuelo en el rostro para acompañar y nuestra identidad ocultar. Aluego, los rocines explotamos hasta casi matar por fora del camino para a la altura del carruaje llegar y prestos pasar. Con una de las monturas caída y ya sin ganas de levantar, a la pomposa compañía esperábamos. Cuando ésta a nosotros arribó, rápidos cual gacelas hacia ella saltamos, cuchillos en mano, rasgando la puerta de frágil tela que el interior protegía y poniendo un cuchillo en la garganta a la gruesa dama que ahí iba. Una vez cumplidos nuestros objetivos, mi amo la palabra va a tomar, saltando al exterior con la señora por delante y diciendo a los soldados que miraban entre temerosos y expectantes:
>> – Nos vais a dar prestos vuestras espadas y una de sus monturas, así como todo el oro que en la caravana llevéis, si no queréis que separe el cuello del cuerpo de esta mujer.
>> Sin gran dilación, cumplieron su petición y apenas unos segundos después nuestra nueva montadura hacíamos correr, los dos en una. Cuando paramos en el sitio donde dejamos a los campesinos y mientras nuestras ropas recuperábamos y la de ellos devolvíamos, le pregunté a mi señor el por qué de su decisión, pues si dos caballos podíamos coger, tanto mejor para nosotros. Él sabio como pocos, como ya sus habréis dado cuenta, me respondió con estas palabras, calcadas a las que ahora recitaré y escondiendo toda emoción durante su explicación:
>> – ¿No habéis visto, zoquete, -así demuestra él el apreció que me tiene- que mozos de alta alcurnia eran?, esa señora de seguro tiene un señor en la ciudad y ese señor de seguro no dejará el hecho así como así y una recompensa por los culpables pedirá. Y cuando antes lo hagan, mejor será. ¿Cómo lo van a hacer prestos sin montura que alerte al gordinflón?
>> Yo no acababa de entender por qué quería que rápido a nuestras cabelleras precio pusieran, pero como el tiempo me mostró, mi señor todo calculado lo tenía. Aquella noche la pasamos tiñendo los pelajes de los campesinos para que posean nuestro color con unos hierbajos que mi amo encontró. Yo cavilaba por lo bajo, considerando la posibilidad de que el hambre, por todos sabidos mala consejera, había hecho que mi señor perdiera la cordura que antaño caracterizaba a su cabellera y me lamentaba del funesto final que nos iban a propiciar si no nos apresurábamos a escapar y a la recompensa que a nosotros iban a asignar, prestos esquivar. Pero nadie atendió a mis sospechas y a la intemperie dormimos con los estómagos vacíos hasta que el alba a lo lejos se asomo y de nuestros sueños nos sacó.
>> Con la llegada del nuevo día, mi señor al galope hacia la ciudad se dirigía. A mí me dejaba al cuidado de los campesinos, que ya nada entendían. Cuando el Sol a su cénit llegó y yo delirios de hambre sufría, a lo lejos vi cómo su figura se aproximó. Grande fue mi alegría cuando vi que una sonrisa en el rostro tenía, así que presto me acerqué a ver si la buena nueva comida sería. Igual de grande fue mi desilusión, al ver el motivo de tal ensoñación: un cartel en la mano traía, atentus a lo que sus digo, en donde en letras grandes nuestra descripción venía y una gran cuantía por nuestras cabezas pedía. Yo soy un hombre simple, mis limitaciones conocía y roces con un noble no quería. Así que convencerlo intenté para que al galope huyásemos del inmenso mal que sobre nosotros nos cernía.
>> Pero también, al contrario de lo que sus pueda parecer, de poca voluntad suelo disponer y no sólo de huir me retracté, sino que mi señor de hacia la ciudad ir me convenció. Así que tomamos a los campesinos, de sus vidas les privamos y todos en el caballo montamos, los dos vivos y los dos no tanto, para ir al paso lento que nuestro corcel va a poder. Yo iba cabizbajo, meditando sobre este desparpajo y la hora de mi juicio esperando. Incluso me inventé un par de frases dramaticales que decir cuando me acorralen y antes de que maten, luego sus la contaré, si queréis. Nunca un hombre de grandes luces fui, pero destas no necesitaba para saber que a la boca del lobo me adentraba y no quería estar desprevenido cuando el enorme final llegara.
>> Así pues, a la gran ciudad llegamos. Describirla como aceptable sería pasarse de largo. Un montón de casas desechas eran, con un centro pomposo para los de los negocios lumbreras. A ese mismo centro nos dirigimos, a paso aguerrido, sin mediar palabra con los pueblerinos. Nos condujo mi señor hasta una mansión de maravilloso esplendor. Era grande y espaciosa y pintada con un chillón color rosa. Un jardín en la entrada tenía, al lado de un establo que lleno de caballos parecía. Imaginarus cuál mi terror fue al comprobar que un carruaje idéntico al que sufrió nuestro pillaje en la puerta se exhibía. Al instante quise mi corcel volver y presto en el horizonte desaparecer, pero soy un hombre de gran sentido del deber, tal como sus pueda parecer, y haciendo acopio de mi voluntad me contuve y en el sitio me mantuve, con la cabeza bien alta como si ningún crimen sobre mí pesara.
>> En eso, mi señor desmontó y con los cuerpos arrastrando al interior de la mansión se adelantó, por la servidumbre desta siendo dejado como si hubiese sido invitado. Yo seguí sus pasos, a uno de los difuntos tomando y mirando por lo bajo para todos lados, pues temía que con mi mirada ensuciaría los hermosos adornos que en toda la casa había. A un comedor llegó y entonces se paró, alzó la vista y miró. Una mesa de madera lustrosa había y detrás de ella un gordinflón hombre escribía. Sus atuendos eran de lustrosa tela y en sus dedos tenía brillantes y doradas ornamentas. Con detenimiento nos observó al asomar nosotros por la habitación, medio sonrió y a entrar nos invitó.
>> – Los cadáveres dejad en la entrada, no quiero que me manchen la sala. -Dijo a modo de recibimiento.- Lo que acordamos os daré y prestos os largaréis, que no tengo tiempo que perder. -A los cuerpos se aproximó y con detenimiento los miró y que a la descripción dada por su gruesa esposa se cernían confirmó.
>> – Mi señor, su enorme grandeza y poder nos conmueve, así que no tardaremos en hacer lo que nos ordene.- Respondió mi amo mientras dejaba lo de los campesinos quedaba en el suelo de la entrada.- Que nos honre con su presencia nos llena de placer, pero no querríamos que por nuestra culpa su preciado y productivo tiempo vayas a perder, así que en cuanto el trato considere cerrado, con la cabeza baja que corresponde a su majestuosa superioridad nos habremos marchado.
>> Una bolsa color marrón nos arrojó y mi amo en el aire la cogió. Hizo una breve y burlona inclinación y en sus pasos volvió. Cuando a la recta final llegábamos y sólo a unos metros de la puerta principal estábamos, de una de las puertas que a nuestros costados había, una gruesa señora por nosotros ya conocida salía, con las mismas ropas que anoche vestida. Al vernos, los ojos abrió como si a la muerte viese y con todo el poder de su garganta chilló hasta que casi los vidrios rompió, con uno de sus dedos de morcilla señalándonos y exclamando como alma que porta al diablo:
>> – ¡Ellos son!, ¡Ellos son!
>> Imaginarus la situación: el mercader gordinflón, con los restos de los campesinos a sus pies, asomado por la puerta de la habitación con cara de estúpida ensoñación; en la puerta un sirviente con los ojos abiertos miraba nos miraba como ajenos sujetos; la señora de gran anchura, temblando con premura gritaba, se desmaya, la consciencia recuperaba y la volvía perder para lo anterior repetir y, en una astuta táctica, intentarnos aturdir y nosotros en una encrucijada nos hallamos, a todos lados mirando y durante unos segundos, no reaccionando.
>> Como lógico sonará para vuesas mercedes, corriendo a más no poder salimos hacia el exterior tan prestos como pudimos, aprovechando la general estupefacción. Fora, al Sol del mediodía, un mozo de cuadras dos caballos con sus sillas vestía. Mi señor, sin un instante dudarlo, la espada de su vaina sacó y contra él embistió, su pecho y cuello cortando y casi una cabeza más bajo dejándolo. Antes de que un segundo pasara, a los corceles nos montamos y hacia el exterior al galope los arreamos para prestos de los guardias que no seguían escapar. Nuestras nuevas monturas durante dos días o más explotamos hasta casi matar. Al final, nuestros perseguidores la cacería abandonaron por habernos perdido sin remedio el rastro y aquí mesmo estamos, nuestra siguiente aventura maquinando.
El manzano, tercera parte
- ¡Sabía que utilizaría esa falacia para intentar tirar por tierra mi argumentación! -Exclamó exultante nada más oírla.- Permítame aprovechar esta oportunidad para expresarle con detalle mi teoría sobre los el “amor” -su voz al pronunciar la palabra tenía una extraña mezcla entre incomodidad y tono burlón:- No es más que una reacción química de nuestro cerebro ante nuestro despertado instinto de reproducción, con una persona concreta como objetivo. Digamos, de un modo general, una excusa romántica, bonita y clericalmente bien vista para perpetuar la especie. Una forma de expresar nuestros más bajos impulsos de un modo menos animal y más humano.
Ella guardó silencio un rato durante un rato ni bien acabó. Parecía estar terminando de digerir las palabras que acababa de oír y calculando las siguientes que iba a soltar. Al cabo de unos segundos, tragó silenciosamente saliva y le respondió apaciblemente mientras entrecerraba los ojos:
- Bueno, suponiendo que su teoría sea válida… -comenzó.
- Que lo es, créame.- Le interrumpió casi inconcientemente.
- Suponiendo que su teoría sea válida -retomó con más aplomo que la primera vez,- ¿cómo llamaría entonces lo que ella le provoca? No me dirá ahora que simplemente despierta su instinto reproductor.
Él se mantuvo callado otra vez. En esta ocasión, al contrario que las otras, se mantuvo completamente quieto en la posición que se encontraba. Miraba el techo con ojos perdidos y cada tanto volvía a mordisquearse el labio inferior. Sus brazos seguía extendidos a los costados. Tenía las cejas fruncidas y la boca en tensión.
- No. Desde luego no es sólo eso. -Dijo al cabo de un rato.- Pero vamos, nada de esto tiene que ver con lo de mi trabajo. Tampoco hace falta darle mayores vueltas a todo esto.
- No se preocupe, aún tenemos tiempo de sobra, si eso es lo que le preocupa.
- Es usted insistente, eh. No hay forma de hacerla entrar en razón. -Resopló con cierto enojo.- Pues como desee, al fin y al cabo, es usted la experta. -Silenció de nuevo. Cada vez mordía con más fuerza.- Sí, supongo que hay algo más, no sabría exactamente cómo definirlo. De hecho, es curioso, porque igual que no puedo programar como antes, últimamente hago con más facilidad otras cosas.
- ¿Por ejemplo? -Le preguntó luego de que estuviese callado durante un rato largo.
- Oh, bueno, es una tontería. No creo que tenga importancia. -Su rostro comenzó a teñirse de un ligero rubor.
- Me asombra la facilidad y seguridad con que le quita valor a estos datos. ¿A usted no?
- Sus padres de pequeña no le negaban nada, ¿verdad? -Contestó malhumorado.- En fin, tendré que doblegarme, una vez más, a sus deseos: como le comenté la sesión pasada, últimamente me resulta notablemente más fácil construir rimas y poesías. De hecho, en el viaje hasta aquí hice un par.
- ¿Sí?, ¿le molesta que los vea?
- Negarme no servirá de nada, ¿a que no? -Agitó la mano derecha sin dejarla contestar.- Ahora se los muestro, no pienso gastar energías en una batalla perdida de antemano.
Se inclinó hacia la izquierda y tomó la chaqueta gris que había dejada apoyada en el suelo a su lado. A continuación, rebuscó entre los bolsillos hasta sacar una hoja amarillenta donde se podían ver un montón de inscripciones hechas en una letra particularmente fea. Se la extendió a la analista, aprovechando para ver su rostro y encontrarlo tan imperturbable como la última vez. Ella lo tomó y comenzó a leerlo para adentro.
- Vaya. -Se limitó a comentar al cabo de un rato, para dar a entender que había acabado.
- ¿A que son buenos? -Preguntó exultante.- Siempre tuve facilidad para el arte, todo sea dicho. De hecho, mientras esperaba, se me ocurrió otro en honor al inepto de mi jefe. ¡Ja! ”Inteligencia artificial”, lo titularé. Es un buen nombre, bien irónico.
- Sí, desde luego me ha dejado sin palabras. Sin embargo, hay un par de cosas puntales que me gustaría comentarle. Si no le importa, le leo el primero, “Cálculo indiferencial”:
Como si de una función constante se tratase
y ésta desapareciese al derivarse,
tu indiferencia en cero me convierte
y sin duda mi copa su esperanza pierde.
¡Calcula la pendiente de mi recta tangente,
pero no olvides la integración consiguiente!
>> En concreto, el cuarto verso me desconcierta. “Y sin duda mi copa sus sentido pierde”. La verdad, me cuesta comprenderlo. Supongo que el motivo está en que lo lógico hubiese sido en vez de copa usar la palabra corazón, ¿no le parece?
- ¡Para nada! -Sonaba casi ofendido.- Eso me da a entender que usted no ha entendido el chascarrillo que hay oculto en esa frase. Si se fija, al sumar los números que representan en el alfabeto las letras de la copa, es decir dieciséis, diecisiete, tres y uno, da treinta y siete. Además, esa es la quinta palabra que hay en el verso. ¿Cuánto da cinco más treinta y siete?
- ¿Cuarenta y dos?
Ni bien lo mencionó, él comenzó a reírse a carcajadas. Ella lo miraba sorprendida alzando levemente las cejas y sujetando la hoja con los poemas en la mano derecha, que estaba apoyada sobre sus piernas cruzadas.
- ¿No lo entiende? -Preguntó sorprendido al ver cómo era el único en reaccionar al chiste.- ¿Tantas novelas en esa biblioteca y no ha leído ”La guía del autoestopista intergaláctico”? No me lo puedo creer, es una lectura mucho más placentera que todos esos libros de Freud. -Alzó las manos al cielo y maldijo varias veces de un modo teatral.- En fin, como le decía -soltó de repente recobrando la compostura-, en él se construye una máquina llamada ”Pensamiento profundo” cuyo fin sería descubrir el sentido de la vida, el Universo y todo eso. Pues bien, luego de siete millones y medio de años trabajando, llegó a la conclusión de que la respuesta era ¡cuarenta y dos!
- ¿Cuarenta y dos? -Repitió sin poder ocultar que estaba extrañada.
- Claro, esa era la respuesta, el verdadero problema era que nadie sabía la pregunta. -Le contestó con una sonrisa triunfal en el rostro.- Hay gente que le gusta poner en sus poemas juegos de palabras, yo prefiero los juegos de números.
- Comprendo. -Le respondió sin compartir su emoción.- ¿Y qué me dice del segundo, ”Bucle infinito”?
Me encantaría saber quién programó mi cerebro
y en la lógica del bucle principal olvidó considerar
lo que pasaría si en patos me pongo a pensar
¡cómo podría evitar caer una y otra vez en el mismo pensamiento!
>> ¿Patos?, ¿no le parece un poco absurdo dado el tono del poema? Quizá, “en ti” hubiese quedado mejor.
Soltó un bufido exasperado moviendo la cabeza de izquierda a derecha y alzando las manos al cielo.
- No creo que sea tan difícil de entender. Las posiciones de las letras de pato en el alfabeto son diecisiete, uno, veintiuno, dieciséis y veinte, que dan setenta y cinco. El título del poema tiene trece letras, sumado al número anterior, son ochenta y ocho. Si consideramos que son cuatro versos, ochenta y ocho entre cuatro da nada más y nada menos que veintidós. ¿A que es ingenioso?
- Los dos patitos. Desde luego, bastante original. Y esclarecedor, ¿no le parece?, ¿por qué intenta camuflar lo que siente con un humor y una lógica matemática de lo más absurdos? -Soltó de repente.
Él calló. Había dejado de morderse el labio y ahora tenía los dos apretados, en tensión. Su mano derecha se había cerrado en un puño y la izquierda golpeteaba insistentemente el diván. Tenía sus diminutos ojos entrecerrados, mirando con fijación aquel punto en el techo que tanto le llamaba la atención.
- Yo no escondo nada. -Dijo de repente con voz seca.- Sólo que… -titubeó durante un instante- no lo entiendo. Le doy mil vueltas y no lo entiendo. No diga nada -se adelantó en cuanto escuchó cómo ella tomaba aire para hablar,- seguramente comenzará a decirme que estoy enamorado. Pero me gustaría que recuerde mi teoría al respecto, comprendo que aún no lo haya encajado del todo, debe ser difícil.
- Desde luego -le respondió al instante,- es duro que venga alguien y tire por tierra la teoría en que has basado toda tu vida.
- Tengo la ligera intuición de que no estamos hablando de la misma persona. -Comentó torciendo la boca hacia la derecha. Ella sonrió ligeramente.
Nuevamente se hizo el silencio entre ellos. Él comenzó de nuevo a morderse el labio, mientras la analista permanecía impasible. Parecía tener la mente fuera de la consulta, en algún lugar a bastante distancia. De vez en cuando golpeaba los dedos contra el diván o murmuraba alguna frase frustrada.
- Puede que usted tenga algo de razón. -Reconoció al final.- Quizá simplemente deba afrontar eso. Aunque no lo entienda. Quizá no tenga que entenderlo, ¿para qué? -Calló de nuevo y siguió mirando el techo, esta vez con una extraña determinación en la mirada.- ¿Sabe qué? Cuando la vea, cogeré y le explicaré que provoca en mi cerebro algún tipo de reacción química, despertando mi instinto reproductor y generando algunos extraños impulsos nerviosos que aún no puedo explicar. Sí, eso es lo que debo decirle.
- Desde luego, le deseo suerte. -Le contestó la analista mientras pensaba en que lo más probable es que necesitase más bien un milagro.
El manzano, segunda parte.
No lograba entender por qué estaba allí de nuevo. La primera sesión no es que haya sido especialmente reparadora y él no era precisamente una persona que disfrutase tirando el dinero a la basura como estaba haciendo ahora. Pero por algún extraño designio divino había resuelto volver. No lo entendía y eso le frustraba. Así que ahí se encontraba, recostado de nuevo sobre el diván de la sala, con las manos cruzadas por encima de su vientre y la vista fija en el techo. Se sentía confuso, siempre se sentía así cuando cualquier cosa lo frustraba y no comprender algo realmente lo hacía.
- La semana pasada nos quedamos en el problema que tiene usted con las manzanas. -Retomó ella haciendo un innecesario alarde de su memoria. Maldijo para sus adentros, guardaba la vana esperanza de que no se acordase.
- No tengo ningún problema con las manzanas. -Dijo rotundamente.- Son un fruto muy respetable, a su modesta manera: lleno de vitaminas, con una forma elegante y un sabor refinado. Sin contar su asociación al pecado original, algo que le da un cierto morbo extra.
- ¿Sí? Pues me parece recordar que la semana pasada aseguró sentir aversión hacia ellas. -Apenas mutó sus gestos mientra hablaba. Sin duda era toda una profesional.
- No me malinterprete. Con quienes tengo problemas es con los que las consumen.
Esta vez la analista se encontraba en el escritorio. Un rumor suave de hojas daba a entender que estaba ordenando sus alborotados papeles. Se oyó un golpeteo contra la madera y luego cómo un cajón se abría para luego cerrarse. Él seguía con la vista clavada en el techo mientras ella dejaba su posición para sentarse en la silla que había detrás de su cabeza. Como la última vez, se cruzó de piernas elegantemente y se ajustó las gafas con la mirada clavada en su paciente.
- Explíqueme eso, por favor. -Le pidió al cabo de un instante de silencio con tono neutro.
- La verdad, no sabría cómo hacerlo. -Respondió luego de meditar pacientemente durante un rato.- Es una cosa difícil de expresar con palabras.
- Íntentelo. Puede probar con un ejemplo, si le es más fácil.
- Mmmh… de acuerdo. -Removió su espalda y se comenzó a mordisquear el labio inferior, por la piel seca de éste, parecía ser algo común en él.- Creo que tengo un recuerdo idóneo para describirlo. Yo debía tener unos… ¿siete años? No mucho más. Mi hermana, al ser dos menor, cinco. Me había pasado toda la mañana haciendo una torre con las cartas. De esas que se forman usando como base para cada piso grupos de dos cartas inclinadas horizontalmente. Pues había llegado hasta el séptimo. Acababa de poner la última pirámide y me sentía satisfecho. Había realizado un hermoso monumento al orden, tan perfecto, tan matemático. Decidí que algo así no se podía perder sin más y salí corriendo en busca de mi cámara fotográfica. ¿A que no sabes qué me encontré cuando volví? -Preguntó girando su rostro hacia la analista.
- Me lo imagino. -Respondió con un deje de sequedad.
- Todas las cartas en el suelo. Mi esfuerzo de horas en construir aquella maravillosa estructura geométrica se había hecho añicos en medio segundo. Y ella estaba de pie al lado de sus ruinas con una manzana en la mano. -Su rostro reflejaba una rabia e impotencia tan vivas que casi parecía estar viviendo de nuevo la misma situación.- Y lo peor de todo no era eso. No, claro que no. Lo peor de todo, es que al verla ahí, sonriendo tan alegre e inocentemente de su travesura, fui incapaz de hacer otra cosa reírme con ella. No podía regañarle, sencillamente no podía. -Alzó los brazos sólo para luego dejarlos caer con pesadez sobre el sofá y suspirar apesumbrado.
- A veces el orden está sólo para ser derribado. -Apuntó apoyando el codo derecho en el respaldo de la silla y sosteniendo ligeramente su cabeza con la mano.
- Esa frase pseudofilosófica no tiene ningún sentido. -Le contestó rotundamente.
Ella soltó un suspiro apagado y balanceó la cabeza horizontalmente, mientras se arreglaba el dobladillo de su pantalón. Él continuaba mordisqueándose el labio. De vez en cuando echaba la mirada hacia atrás e intentaba, lo más disimuladamente posible, ver qué estaba haciendo la analista.
- Volviendo a tu recuerdo. -Dijo ella luego de notar cómo su paciente estaba a un paso de romperse el cuello de tanto doblarlo.- ¿Debo suponer que ahora hay alguien con el papel de tu hermana que se encarga de derrumbar tu orden interno?
- Hombre, -respondió con cierto resquemor- yo en tu lugar dejaría de suponer tanto, porque quizá algún día esas aventuradas conjeturas te traigan un disgusto.
- ¿Ese ataque gratuito quiere decir que me estás dando la razón? -Le preguntó con tono neutro, pero con una sonrisa divertida en el rostro.
Mordió demasiado fuerte y notó como la sangre salía de su labio. No era la primera vez que le pasaba, desde luego, pero sí bastante molesto. Con cuidado, pasó el dedo índice de su mano derecha por encima, limpiándolo. Luego miró fijamente el color escarlata del que se había teñido y se lo restregó por el pantalón sin más contemplaciones. Suspiró mientras volvía a clavar la vista en el techo y, cuando ya se hizo ineludible la molesta pregunta, decidió responder.
- Bueno, puede que sí. Pero creo que debo recordarte el problema: me bloqueo al intentar hacer mi trabajo. Y no sé qué tiene que ver ella con todo eso, la verdad, porque la conozco desde bastante antes de su comienzo.
- Ni yo. -Respondió inspeccionándose las uñas con detenimiento.- Pero si me hablas un poco de ella, quizá lo descubramos.
Gruñó sonoramente y volvió a la carga contra su labio. Mientras, intentaba decidir cómo afrontar lo que tendría que decir a continuación. La voz de la analista se volvía a cada pregunta más molesta y el hecho de que en esas sesiones no fuese más que eso, una voz sin rostro alguno, solo empeoraba las cosas. En vano intentaba tirar la cabeza hacia atrás para verla.
- Realmente, apenas la conozco. Si me preguntas cuántas cosas sé de su vida personal, dudo que lleguen a contarse con los dedos de una mano. -Comenzó mirando distraídamente el techo de la habitación.- No es muy alta, de hecho, contrasta bastante con mi metro ochenta. -Un extraño orgullo se desprendía de sus palabras al hablar de su estatura.- Siempre que la veo lleva una manzana en la mano, además. De todos modos, eso no es lo peor. No, desde luego que no. -Llegado a este punto, balanceaba la cabeza horizontalmente, indignado.- La mayoría de las veces me la encuentro durante mi paseo matutino por el parque y en todas las ocasiones, ella está con uno de esos disparadores de burbuja. ¡Burbujas!, ¿puede usted creerlo? -Se detuvo un segundo y espero pacientemente a que la analista se muestre de acuerdo con su consternación. Al no obtener ninguna respuesta, decidió seguir.- Es tan… infantil, tan inocente, tan ¿ingenuo?, que no lo entiendo. -La última frase la escupió con lentitud.
Nuevamente guardó silencio. Había dejado por fin su labio en paz y parecía sumergido en toda clase de reflexiones internas. De vez en cuando sacudía la cabeza y murmuraba frases inteligibles. Tenía las manos entrelazadas en el estómago y hacía golpear sus dedos gordos entre sí. Su pierna derecha esta apoyada encima de la izquierda y el pie se movía como un péndulo de un lado a otro. Al cabo de un rato se removió incómodo en el diván y aprovechó para mirar con disimulo a la analista, durante una milésima de segundo la vio, rígida como una roca sentada con las piernas cruzadas y la mirada clavada en él. Cuando volvió a estar recostado, tenía los brazos extendidos a ambos lados de su torso.
- Casi puedo oír lo que está pensando. -Dijo de pronto, rompiendo el silencio que se había impuesto.- Me llega hasta aquí el rumor de su cerebro, maquinando complicadas teorías de piscólogos y psiquiatras sobre todo lo que le acabo de decir. -Para adornar esta última parte, movió sus manos a la altura de la cabeza en gestos ligeramente burlones.- Así que antes de que me salga con alguna disparate que tire por tierra el naciente respeto que logró causar en mí (algo de lo que no muchos pueden alardear, créame), déjeme advertirle una cosa: si lo que piensa es que, por el motivo que sea, yo estoy enamorado de ella, o como quiera llamarle, déjeme decirle que se equivoca de cabo a rabo.
La analista alzó las cejas y miró a su paciente por encima de las bajas, hizo un cruce de piernas, llenando el silencio que se había hecho con el rumor de su pantalón, y le respondió con voz clara, tranquila y cargada de una extraña lógica.
- Parece estar usted demasiado a la defensiva. ¿Intenta convencerme a mí o sí mismo?